ENTRETENIMIENTOS REALES
La Música
La música fue, sin duda, la principal
diversión de palacio, y hasta la mejor terapia del rey, sobre todo tras la llegada a la
Corte del cantante Farinelli, nombre artístico por el que se conocía al famosísimo
castrato Carlos María Miguel Angel Broschi Barrese. Se dice que, a menudo, la reina
Isabel de Farnesio pedía su ayuda para sacar al rey Felipe V de su patológica
melancolía, pues en los momentos de crisis se negaba a salir de la cama y profería
horribles gritos y lamentos. Sólo la voz limpia del famoso castrato hacía volver al
monarca a la realidad.
Farinelli fue nombrado director de los
entretenimientos regios y de la música y fiestas cortesanas; y desde ese puesto ayudó
también a las obras del teatro de Aranjuez, cuya transformación llevaba a cabo Santiago
Bonavia, el gran arquitecto italiano que contaba además con las virtudes de ser un gran
pintor y un gran escenógrafo. El nuevo teatro fue inaugurado en 1754 con La Isla
Desierta, una sonata escrita por Metastasio para la ocasión, a la que puso música José
Bonno.
Desde 1729 la pasión por la buena música y
en especial por la ópera había ido in crescendo; no había sido ajeno a ello la llegada
a la Corte de Domenico Scarlatti, a quien había hecho llamar a su lado la entonces ya
princesa de Asturias, Bárbara de Braganza. Scarlatti compuso más de quinientas sonatas
para clave, y la propia reina, Bárbara de Braganza, estaba especialmente dotada para la
música y era, no solo intérprete, sino compositora.
A Carlos III, en cambio, se le acusa de
haber descuidado este aspecto cultural que dignificaba los gustos del país y en el que la
Corte había estado, hasta entonces, tan implicada; pero lo cierto es que, aunque al rey
no le gustara la música, fue bajo su reinado cuando más se popularizaron las óperas y
los conciertos de Cuaresma. También los bailes de máscaras y otras manifestaciones que
mezclaron lo popular y lo culto, hasta el punto de que durante los años de su reinado lo
que realmente llegó a su máximo apogeo fue la tonadilla. Por ello, uno de los grandes
reproches hechos al monarca era su nulo interés en velar por la pureza musical, mientras
que, con harto empeño, velaba, en cambio, por la pureza de las artes plásticas desde la
Real Academia de San Fernando. Y Aranjuez tuvo buen ejemplo de ello porque, no obstante
sus gustos personales, que no incluían como se ha dicho la ópera ni el teatro -nos dice
Des Broses del rey que, habiendo asistido a la ópera «conversó la mitad y durmió la
otra mitad»-, encargó al arquitecto Jaime Marquet, supervisor de las obras del Real
Sitio de Aranjuez, que realizara los proyectos para un Nuevo Teatro «a la italiana».
Años antes también había mandado remodelar el viejo Coliseo donde se habría
representado, en 1765, con motivo del casamiento de los príncipes de Asturias, el futuro
Carlos IV y su prima, Mª Luisa de Parma, la obra de Francisco Bances Candamo Cambises
triunfante en Menfis, que había exigido complejos y caros escenarios. |
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| Paseos en falúa
Uno de los más preciados entretenimientos
de las personas reales era navegar por el río, y también por el llamado Mar de
Ontígola, gran estanque construido en alto, que alimentaba con sus aguas a buena parte de
los numerosos caminos de arbolado que iban creándose en torno al Real Sitio,
fundamentalmente a aquellos que, por estar en zona alta, no podían ser regados con las
aguas del Tajo.
Tal diversión generó la construcción de
todo tipo de naves grandes y pequeñas, sobre todo de unas magníficas falúas, palabra
italiana que designa unas pequeñas embarcaciones. Estaban realizadas a partir de diseños
caprichosos, y a ellas se dedicó durante un tiempo el cantante Farinelli desde su cargo
de director de entretenimientos reales. La Escuadra del Tajo, como se llamó a esta
colección de barcas, se componía de cinco falúas y dieciséis botes, uno de ellos con
forma de ciervo y otro de pavo real.
Durante el reinado de Fernando VI y Bárbara
de Braganza, navegar en falúa se convirtió en la actividad preferida de la reina. Se
construyó una falúa real, una falúa de respeto, ligera y decorada con dorados, que
navegaban siempre juntas y a menudo iban seguidas por una pequeña fragata llamada de
Santa Bárbara y San Fernando que imitaba a los grandes navíos de guerra. En ella iban
las damas de la reina y quince músicos. Salían a media tarde del embarcadero y llegaban
hasta el puente de la Reina regresando a las nueve. Merendaban, cantaban, hacían salvas
con los cañoncitos de bronce y pescaban. Muerta Bárbara de Braganza en 1758, y
enloquecido por ello el rey, que la siguió en unos meses a la tumba, la Escuadra del Tajo
no volvió a navegar. |
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| La caza y la pesca
La abundancia de caza era uno de los
principales atractivos que el Real Sitio de Aranjuez tuvo para los monarcas, aficionados
todos ellos a la práctica de esta actividad. Desde la época de Felipe V son abundantes
los testimonios que nos cuentan cómo los ciervos se acercan a las puertas de las casas,
como si de animales domésticos se tratara.
Charles Rouvray, duque de Saint Simon, es
sus narraciones sobre el viaje que realiza en España a la Corte de Felipe V, nos cuenta
su asombro cuando, en Aranjuez, vio cómo un criado, subido sobre una especie de vela de
madera con una puerta, se puso a silbar y al momento «la pequeña plaza se llenó de
jabalíes y de jabalinas de todos los tamaños entre los que había varios muy grandes y
de un grosor extraordinario. Ese criado les arrojó mucho grano en distintas ocasiones,
que esos animales comieron con gran voracidad, a menudo gruñendo, y los más fuertes se
hacían ceder el sitio por los otros, y los jabalíes más jóvenes, retirados a los
bordes, no osaban aproximarse hasta que los más grandes se hubieran hartado».
Esta cercanía de las bestias, que asombra y
divierte al francés, no es sino la permanencia de una costumbre de los Austrias que se
mostró también en el palacio del Buen Retiro, donde la Casa de Fieras estaba muy cercana
al palacio. Aranjuez no se privó tampoco de su Casa de Fieras, por llamarse así el lugar
donde vivían animales traídos de países exóticos. De su existencia, el mismo Saint
Simon nos da noticia, aunque esta vez no está junto a la casa real, sino a orillas del
Mar de Ontígola, ni tampoco encierra en jaulas a sus inquilinos. A Saint Simon le
llamaron la atención los camellos y los búfalos, pero también había cebras, guanacos y
un elefante, todos sueltos, sin miedo a que se escaparan de aquella especie de oasis donde
vivían felizmente, porque fuera del vergel estaban las arenas áridas -y con un alto
grado de salinidad- de las colinas.
Joseph Baretti, que vino a visitarnos ya en
el reinado de Carlos III, repite más o menos estas mismas anécdotas. Dice que en España
los jabalíes no son tan salvajes como en el resto del mundo, que se han habituado a las
gentes y que acuden a determinadas horas a lugares concretos respondiendo a la llamada de
sus cuidadores. Cree necesaria esta explicación a la hora de contar cómo, en los
plantíos de los árboles pequeños que había entre las grandes avenidas de árboles
gigantes, paseaban en libertad «ciervos y jabalíes, junto con innumerables liebres,
conejos, faisanes, perdices y numerosas especies de pájaros»
De esas «numerosas especies de pájaros»
que Baretti no entra a describir, nos ilustra John Talbot Dillon, el cual, tras el viaje
que realizó a Aranjuez en 1778 aseguró que a últimos de abril se oían los trinos del
cuco y el ruiseñor, y que él vio abejarucos, oropéndolas, y uno al que llamaban pito,
que era morado y del tamaño de un cuco.
Este mismo afán de los reyes por la caza y
por la propia presencia de los animales en libertad, favoreció la cría de otros
animales, y así en los sotos se encontraban piaras de yeguas para la cría de caballos de
montar, y, según asegura Ponz también <yeguas de raza napolitana para caballos de
coches; en la Casa de las Vacas y sus cercanías, (además de otras dos castas de yeguas
normandas y suizas para caballos de coches) gran número de vacas de varios colores: unas
originarias del país; otras de raza holandesa y otras de Suiza».
Felipe V e Isabel de Farnesio solían salir
a cazar a caballo diariamente, después de haber despachado los asuntos de estado y no
volvían hasta que se ponía el sol. Igual hacían por su parte el Príncipe de Asturias y
sus hermanos pequeños. En el centro del mar de Ontígola, ya en época de los Austrias,
se había levantado un pabellón de caza para que Felipe IV pudiera disparar a los
animales que se acercaban a la orilla hostigados por los monteros. Y si bien en la época
de los Borbones el lago ya no se utilizaba sino para los paseos en las góndolas
pequeñas, esta costumbre de cazar desde el agua la adoptó también la nueva dinastía de
los Borbones que, a menudo, en los paseos sobre el Tajo en las barcas reales, disparaban
también a la orilla, donde los perros y los criados habían acorralado a los bichos. Y en
el mismo Ontígola, aquella especie de laguna o embalse cerca del cual se encontraba el
cementerio en que se enterraba a los que morían durante su estancia en el Real Sitio, se
celebraban también corridas acuáticas enfrentándose los cortesanos a los toros desde
las barcas.
Igualmente, la pesca se disfrutaba
apaciblemente desde las propias naves pequeñas del lago, para lo que se mantenía
permanentemente una abigarrada población de peces en sus aguas. También se pescaba desde
las galerías del Tajo, que eran unos pequeños entrantes en el río, construidas ya en
época de Felipe III y que procuraban espacios cómodos y agradables, no sólo para
pescar, sino simplemente para descansar viendo el correr del agua. |
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| Juegos
El lugar de Aranjuez también invitaba a
cierto tipo de entretenimientos; por ejemplo, las abundantes yeguadas de diferentes razas
que ya hemos mencionado que había allí, sugerían las pruebas de competición entre
ellas. Así, durante mucho tiempo los caballos corrieron velozmente por la calle de la
Reina, que era el espacio idóneo para ello, bajo la mirada complaciente de los reyes, sus
dueños, y animados por los gritos de los asistentes que apostaban sobre sus preferidos.
Después, Carlos IV, siendo aún príncipe
de Asturias, sustituyó las carreras de caballos por el juego de las Parejas. Una especie
de baile a caballo en el que cuarenta y ocho caballeros iban divididos en cuatro filas,
cada una de las cuales encabezaba uno de los hijos del rey. Vestían atractivos trajes de
diferentes colores, rojos azules, amarillos y verdes, evocadores de un pasado glorioso, y
desfilaban disciplinadamente cruzándose y entrecruzándose indefinidamente entre ellos,
en una especie de mezcla entre torneo, baile y desfile militar.
También bajo Carlos IV se practicaba un
juego que complacía mucho al rey, que era tirar cañonazos desde la Huerta de Valencia,
donde su padre había mimado tanto siempre sus plantaciones de viñedos, turbando la
tranquilidad de los cortesanos. Esta pasión del rey por la artillería, hizo también que
imaginara el Tajo como un magnífico escenario para batallas navales; y los cultos paseos
en falúa que había dado su tío-abuelo Fernando VI, se convirtieron para él en
ejercicios de guerra. En el jardín del Príncipe había mandado construir un embarcadero
a modo de puerto de mar fortificado con murallas, baluartes, baterías y cañones de
varios calibres, donde atracaban una fragata de dieciséis cañones, otra de diez, una
falúa grande de dieciséis remos, un jabeque, un caique de Constantinopla, una lancha y
un bote chico. Para manejar todo ello había marineros, artilleros, contramaestres, etc. |
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| NATURALEZA
«Si aquí se hubiesen empleado las
inmensas, sumas que se han gastado en San Ildefonso, se habría hecho el más bello lugar
del universo» Esta frase la escribió Delaporte al llegar a Aranjuez en 1755. No
necesitó escribir más sobre el lugar que acababa de visitar. Viniendo de un francés era
más que suficiente. El abad Delaporte había retratado el Sitio Real sin entrar en
descripción alguna.
No había muchos lugares en España, ni en
Europa, donde la naturaleza se hubiera confabulado como en la pequeña llanura de
Aranjuez, para crear el más fértil oasis real que todo monarca barroco soñara. Los
grandes edificios podían construirse con el esfuerzo del hombre. Ahí estaba el
Monasterio de El Escorial, foco de atención aun en el siglo XVIII para identificar a la
monarquía española desde fuera de nuestras fronteras; pero nuestra monarquía borbónica
estaba ya muy lejos de la imagen sobria de los Habsburgo. El palacio borbónico, desde el
despotismo ilustrado de sus mandatarios no desea cerrarse sobre sí mismo como un fortín
inaccesible, su fuerza está en su poder de expansión. Aspira a dominar, no sólo el
espacio construido, sino el espacio circundante. Por eso es tan importante el jardín, y
el jardín necesita de manos expertas y cualificadas, capaces de llevar a la realidad el
sueño de sus soberanos, pero sobre todo necesita de la complicidad de la naturaleza. Un
clima amable, un agua vivificadora, un universo de pequeños animales que den vida a los
rincones más apartados del bosque. Aranjuez contaba con todo ello. Y si bien estos
lugares tan apetecidos y valorados merecían por su belleza ese adjetivo de encantadores,
tan usado en el lenguaje de los siglos XVIII y XIX para expresar la delicadeza llevada al
límite, podían llegar a transformarse también en sutiles instrumentos de poder porque
pertenecían al rey y sólo al rey y porque fuera de sus límites reinaba el más árido
de los parajes.
Hasta tal punto esto era percibido por los
ilustrados que algunos no pudieron controlar la rabia y la impotencia que les producía
ver uno de los más fértiles valles, como el de Aranjuez, desperdiciado en complacer los
caprichos de una monarquía que privaba con ello a sus súbditos de una riqueza natural.
Las ideas de la Revolución Francesa, que habían prendido también en nuestros
ilustrados, son las que hacen imaginar al Conde de Cabarrús, en 1795, cómo serían
aquellas colinas desnudas, áridas y quemadas por el sol que rodeaban lo que él
calificaba como «el valle más delicioso», si hubieran podido estar llenas de viñas, de
olivos y de casas. Piensa el Conde de Cabarrús en tres mil colonos que, ocupando sus
cortijos, hicieran llegar la población hasta Toledo, y en medio, el gran Cortijo Real que
sería la escuela que pusiera en práctica teorías útiles para sacar el máximo partido
del cultivo. Bellas ambiciones que no obtuvieron nunca el respaldo de los soberanos porque
ellos no renunciaron a poseer aquel lugar privilegiado, nacido del encuentro de dos ríos:
el Tajo y el Jarama, y de una pequeña isla que se había formado abriendo un canal de
comunicación entrambos.
Cuando nos llegan noticias sobre los Sitios
Reales en el siglo XVIII, siempre nos hablan de la inmensa mole construida en El Escorial;
cuando se trata de Aranjuez, lo que más interesa al visitante es su impresionante
fertilidad. No hay duda de que en ello influye la estación en la que la Corte viaja a
Aranjuez: la primavera, desde principios de abril hasta el día de San Juan, cuando la
vegetación que alimenta la rica vega de los ríos es más exuberante, y cuando la
naturaleza es pródiga en la reproducción de todos aquellos habitantes del bosque que
encandilaban tanto los ojos de los que allí llegaban. Los ciervos, amaneciendo junto a
las puertas de las casas, los jabalíes paseando peligrosamente a veces por sus calles, y,
sobre todo, los cientos de aves que hacían con facilidad sus nidos en la fronda de los
incontables árboles. |
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| Caminos arbolados
El Sitio, en efecto, sorprendía por su
abundantísimo arbolado. A veces ejemplares centenarios que hablaban de un pasado
lejanísimo en la historia del valle; otras veces hileras de árboles jóvenes que, como
en un vivero, esperaban la edad del trasplante. Y en cierta medida así era, puesto que
anualmente se contaban por cientos los árboles de todo tipo, fundamentalmente frutales,
que salían para los jardines de la Granja de San Ildefonso y de Robledo para atender la
petición de los jardineros. Especies delicadas que a duras penas resistían en el clima
duro de la sierra norte más de una temporada. Los que aquí quedaban crecían con
impresionante velocidad, teniendo muchas veces las raíces dentro de las acequias. Arboles
que, a menudo en filas de a tres, flanqueaban los largos caminos de más de cinco
kilómetros y que eran la admiración de propios y extraños.
El más hermoso de todos era el llamado
calle de la Reina, columna vertebral de Aranjuez que cruzaba el Tajo dos veces antes de
perderse en la espesura. Olmos gigantescos, chopos, fresnos, tilos, robles, moreras. De
ellos nos hablan los que llegan hasta el Real Sitio después de haber recorrido el áspero
camino que les lleva desde la Corte de Madrid a este inesperado reducto, regalo de la
naturaleza. Sorprendía aquella hermosa placidez del lecho del río que giraba en un
estrecho recodo, aunque no tanto como para que no fuera obligado montar un ingenioso
puente de barcas para poderlo cruzar; artilugio de extrema perfección que, a veces
engañaba a los ojos haciéndoles ver en él una fija estructura de fábrica para
sorprenderles luego con su habilidoso despliegue nocturno. En efecto, en algunas
ocasiones, aquellas barcazas deshacían el rígido machihembrado que las mantenía firmes
de ribera a ribera y formaban en disciplinada y perfecta cuadrícula, iluminando con sus
teas encendidas el espejo frío de las aguas para admiración y disfrute de los
cortesanos. Ubicado en un lugar estratégico, entre la Huerta de Pico Tajo y el jardín de
la isla, el camino que le atravesaba conducía directamente al Palacio.
No fue menor la admiración que suscitó
también el puente de piedra construido sobre el Jarama en 1761 por Marcos de Vierna.
Suponía trescientos metros de obra en piedra de Colmenar, cuya blancura hacía que la
vista la confundiera con el propio mármol. Los ingenieros de Carlos III construyeron
veinticinco arcos sobre el lecho del río, previniendo las crecidas. Era solemne, largo y
aplastado sobre el propio río, de manera que la larga veintena de ojos con los que
salvaba el ancho vado consiguieron encastrarse en el paisaje con singular empaque, dando
fe, tanto del mucho interés de los soberanos por mejorar el Real Sitio, cuanto por la
sumisión de nuevo, de los elementos de la arquitectura al verdadero protagonista del
lugar: el agua, que, como decía Maurice Margarot en 1771, era el alma de la belleza que
allí se veía.
Al puente de piedra se llegaba directamente
desde el camino de Madrid. Después de bajar la pendiente pronunciada por donde el camino
se revolvía una y otra vez, se enfilaba un tramo recto que, a lo largo de cinco o seis
kilómetros, acompañaba al viajero hasta el mismo puente. Era un paseo embellecido por
tres filas de árboles, olmos, fresnos y álamos, que remataba en esta impresionante
estructura de piedra que era el puente, lo suficientemente amplia como para mantener
sendas aceras al lado de la calzada. Dos leones de piedra, en sus extremos, sujetaban cada
uno de ellos una concha con la fecha grabada y el nombre del rey y del arquitecto.
Si el acceso desde Madrid impresionaba por
su grandeza, no le iban a la zaga aquellos otros caminos que, hacia Toledo o enlazando con
otras localidades cercanas, se fueron construyendo. En 1776, Antonio Ponz llegó en abril
a la Corte de Aranjuez y quedó impresionado por la fertilidad de un cercado que,
aprovechando el agua sobrante de Aranjuez, el rey había mandado sembrar. Desde allí se
había trazado una calle en línea recta hasta la fachada del palacio, de más de cinco
kilómetros de largo, la calle de Toledo. Ponz, a la vista de aquella sensación de
abundancia que los nuevos planteles daban, no pudo por menos que lamentar también que no
se repoblaran los cerros circundantes con encinas como las que aún quedaban aisladamente.
Así, pensaba, podrían dignificarse los alrededores de lo que él llamaba, «el sitio
más frondoso del mundo». |
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| Jardines
Hay que entender el esfuerzo que se había
hecho en los caminos de penetración al Real Sitio, sobre todo en el ya descrito Camino
Real de Madrid, que había hecho afirmar a Bourgoing, secretario de la embajada francesa:
«El camino de Madrid a Aranjuez es uno de los más hermosos y mejor conservados de Europa
... » Y si esto había sido así, ¿qué celo no se habría puesto en organizar los
jardines del palacio?
No había sido fácil. El Sitio, planificado
por los jardineros de los monarcas de la Casa de los Austria, Felipe II y Felipe III,
estaba ideado respondiendo a las preferencias flamencas. Un jardín más paisajista que
geométrico, donde los caminos se cruzaban de una manera que a los Borbones les había
parecido anárquica y descontrolada; y precisamente controlar la naturaleza era una de las
metas de la jardinería francesa, convertir el jardín en un salón más de palacio, en el
más importante. Esa fue la meta de Esteban Boutelou, el jardinero francés que estuvo
sesenta años al servicio de los Borbones y cuyos hijos estudiarían después el arte de
la jardinería en Francia e Inglaterra para ponerlo al servicio de los reyes españoles;
de manera que arquitectos y jardineros, año tras año y reinado tras reinado, fueron
remodelando los extensísimos, inacabables, jardines de Aranjuez.
A pesar de que los franceses consideraron a
su llegada que el ajardinamiento de Aranjuez era de pésimo gusto y que sólo la
naturaleza había puesto de su parte en el bello entorno del palacio viejo de Felipe II,
lo cierto es que las noticias que tenemos del estado de conservación del antiguo jardín
son halagüeñas; y eso a pesar del deterioro que presumiblemente debió de sufrir cuando
en 1706 estableciera el Marqués de las Minas su gobierno y sus tropas, en plena guerra de
Sucesión.
Álvarez de Colmenar, en 1707, nos cuenta
que el jardín trazado por Herrera Barnuevo entre 1660 y 1690 estaba muy bien conservado,
habla de sus paseos, grutas, fuentes, parterres, cenadores... y considera que sus
maravillas convierten al palacio en un verdadero lugar encantado. Describe las fuentes y
queda maravillado ante la de los Amores, a cuyo vaso lanzan el agua cuatro enormes
árboles desde lo alto de sus copas; y le impresiona la gruta mandada hacer por Felipe III
un siglo antes, a la que se asoman dragones por encima de los cuales una bandada de
pájaros comenzaba a gorjear antes de que se iniciaran los juegos de agua. Sus trinos se
oían al mismo tiempo que los órganos y trompetas que sonaban también en el lugar. Todo
ello por no mencionar la multitud de pequeños estanques poblados de cisnes que se
encontraban por doquier.
El duque de Saint Simon recuerda también
los caprichos vistos en el jardín de la Isla. Los pájaros falsos colgados de los
árboles dejan caer el agua sobre el incauto paseante que se detiene a ver las estatuas, y
las fauces de los leones los empapan de repente. Lo critica y considera que frente a la
nobleza del jardín francés y el arte excepcional de Le Notre, estos jardines de gusto
flamenco no son mas que «pequeñeces y niñerías». Y es que no cabe duda de que todas
estas cosas, por muy sorprendentes que fueran, no estaban dentro del esquema borbónico,
cuya dinastía se empeñó en llevar aquella caprichosa naturaleza semicontrolada al
estado de perfecta racionalidad y simetría.
El resultado fue más que aceptable.
Inmensas avenidas adornadas con estatuas; también con incontables fuentes y surtidores,
cascadas y grutas, pero remodeladas de tal forma que crearon un universo extremadamente
placentero que no parecía tener rival. A partir de entonces nadie dudó en considerar los
jardines de Aranjuez como los más hermosos de su tiempo.
Los más importantes cambios se hicieron en
el jardín de la Isla y en el del Príncipe por orden de Carlos IV antes de ser rey. Las
reformas realizadas en ambos fueron profundas y muy estudiadas por el propio Príncipe de
Asturias porque el deterioro al que se había llegado era muy grande. Ya en 1776 Henry
Swinburne hacía alusión al abandono en que estaba sumida esta zona del Real Sitio,
lamentando la pérdida de lo que debió de ser en su día una cuidada labor de
jardinería. «Es éste un lugar paradisíaco, atravesado por paseos y prados circulares
que en su origen debieron de ser muy regulares y rígidos en su estado primitivo, pero la
naturaleza, después de un siglo ha arruinado la regularidad del arte; los árboles han
crecido más allá del límite que se les marcó y han destrozado los linderos.» |
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| Huertas
Llegando desde Madrid se atravesaba una
plaza redonda llamada de Las Doce Calles, de las cuales una llevaba hasta la entrada de
Las Huertas que era el terreno dedicado por excelencia a los cultivos más delicados y
donde la fertilidad del valle se ponía más en evidencia. En esa zona era donde, desde
época de Felipe 11 se encontraba también la famosa Huerta de Picotajo, situada en la
confluencia del Tajo y el Jarama, y que estaba dividida geométricamente con calles que
salían radialmente desde plazuelas circulares.
Había otra zona de cultivos, también muy
florecientes, en el llamado Campo Flamenco por el que atravesaba el camino que llevaba a
Toledo y que constaba de doscientas fanegas de tierra, repartidas en cuadros y formando
líneas con cerca de seis mil árboles frutales.
El Cortijo, o mejor dicho los Cortijos, pues
eran dos los que tenía el rey, eran, sin duda, la explotación agraria preferida de
Carlos III y en ellos hizo plantar cepas de varios lugares del reino. Aseguran que contaba
con más de ciento sesenta mil cepas repartidas en cuadros en los que, grabado en la
piedra, podía verse el nombre de cada especie.
La Huerta de Valencia se dedicaba a
experimentar con los cultivos mediterráneos y además alojaba en su vallado campos de
lino, praderas artificiales, viñedos y moreras para la cría del gusano de seda que
también tenía un lugar en las construcciones allí levantadas a tal fin. Pero
posiblemente, lo más exótico que se experimentó en las huertas del rey fue el cultivo
de la piña tropical, nunca intentado en España hasta entonces. |
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| Especies vegetales
El interés de los reyes por la jardinería
no era ajeno a su propio interés por el conocimiento de la botánica, sobre todo en la
persona de Carlos III, a quien la botánica interesó desde niño, como nos muestra el
cuadro de Ranc cuando le pinta clasificando plantas a corta edad. Pero son muy pocas las
veces en que nuestros informadores dieciochescos se paran a hablar de las especies
vegetales que allí se cultivan; sí que nos hablan de los árboles, al menos de los de
mayor envergadura, y así sabemos que eran numerosos los olmos, álamos, fresnos, tilos y
robles, que es a las especies que más se refieren por ser las que flanquean los caminos
ajardinados. También los tilos, en prieto emparrado, se acercaban al Cenador y los sauces
llorones y sicomoros se asomaban a los estanques.
Después sólo mencionan que, en los
bosquecillos y huertas entre las avenidas, los árboles eran de pequeño porte, sin entrar
en más. Entendemos que la mayoría de aquellos serían frutales porque se menciona la
abundancia de albaricoques y otras frutas muy preciadas por su bondad. Y probablemente no
estaría ausente el almendro, que se plantaba en los cercados desde época de Felipe II,
aunque no hay mención de que existieran en gran abundancia, como ocurre en cambio con
otros ejemplares.
Sabemos que se cultivaban naranjas y
limones, más por su belleza que por el fruto en sí, y luego que, al otro lado del puente
de cinco ojos, frente al Terrao, que era una pradera de planta casi circular, se veía un
cercado de árboles frutales. También junto a la misma pradera fresca del Terrao se
habían plantado naranjos entremezclados con flores exóticas, cuya belleza, decía
Baretti, era inenarrable.
De las flores nos hablan menos aún. Los
diversos parterres estaban ordenados por medio de setos de mirto que adoptaban figuras
diversas, como flores de lis, aludiendo a la dinastía borbónica. Sabemos que el parterre
que da acceso al palacio estaba dividido en varias zonas por medio de setos de boj y mirto
que encerraban «una inmensa variedad de las más hermosas flores americanas y europeas»,
según Joseph Baretti. También a él le debemos la noticia de que, en torno a la Fuente
de la Espina o de las Arpías, había cuatro cercados de frutales con naranjos y
limoneros, y que no lejos observó un Lyron al que describe como «un enorme árbol
indio... Su tronco parece estar compuesto por media docena de tallos y no creo que su
circunferencia sea menor que cuatro brazas».
Talbot Dillon, en 1779, nos habla de la
abundancia del que él llama Árbol de Judas y que en España se llama Árbol del Amor,
haciéndonos notar la belleza que confiere esta planta al Sitio de Aranjuez en los inicios
de la primavera, cuando la copa del árbol se convierte en una flor gigantesca, sin una
sola hoja verde. Y Towsend, en 1786, después de hablarnos de la bondad de las viñas de
los cortijos del rey, y de la abundancia de olivos (especies ambas que Carlos III mandó
plantar en las colinas para borrar el aspecto de aridez que el paisaje tenía fuera de sus
límites) menciona la existencia por doquier del tamarindo, que crecía en la arena, a las
orillas del río.
Un curioso impertinente - como llama Ian
Robertson en su libro a estos viajeros ingleses-, tan curioso y tan impertinente como
Joseph Baretti que, a pesar de su puesto como secretario de asuntos extranjeros de la
Academia de Arquitectura, Escultura y Pintura de Londres, presta atención a cuanto a sus
ojos extraña, es una bendición para nuestro deseo de evocar un pasado tan frágil como
el de un jardín. Así, su relato sobre las setas es muy singular. Dice que encontró la
casa del jardinero. «Un edificio precioso, con una agradable pradera enfrente, oscurecida
por los más altos y frondosos árboles que he visto en mi vida. Un arroyuelo que corre
por un lado del prado produce miles de setas que, según dicen, son muy buenas cuando
brotan, aunque endurecen si no se recogen pronto. El jardinero no quiso decirme cómo
consigue obtener en ese arroyo unas setas tan sorprendentes. Están unas junto a otras
como un banco de ostras. Sospecho que el final de la zanja ha sido construido
artificialmente con esas piedras que en Nápoles llaman Piedras de seta y que producen
setas cuando se riegan y les da el sol. »
Henry Swinburne menciona el llamado Jardín
de la Primavera, es decir, un espacio ajardinado, a uno de los lados de la calle de la
Reina en el que se había puesto especial atención en que los ejemplares fueran todos de
temprana floración. Lo califica como de un magnífico gusto y especialmente agradable a
los ojos, pero fugaz porque antes de que la Corte abandone el lugar ya está agostado. En
época de Carlos III ocupaba mil pasos y Carlos IV lo amplió hasta el Tajo siguiendo la
avenida arbolada.
Bourgoing también menciona cómo, en los
lugares faltos de cuidado, los rosales se han asilvestrado en las orillas del Tajo y
cuelgan sobre la corriente. Muchos rosales se plantaron también en el jardín del
Príncipe, y se reservaron cuadros completos para el cultivo de claveles. En cuanto a los
árboles se prefirieron los plátanos, chopos de Lombardía y acacias en los paseos; y
naranjos y limoneros para el jardincillo dedicado sólo a frutas exquisitas.
En todos los prados se mezclaban árboles de
diferentes especies, como los cipreses de Levante, cedros del Líbano, cedros encarnados
de Virginia, pinos y árboles del amor. También sabemos que para que trepasen por los
troncos de los árboles más fuertes, se aporcaron sarmientos que formaban emparrados y
también hiedras que, a veces, crecían hasta las copas de los árboles y los
sobrepasaban; y en torno a los troncos más jóvenes se plantaron enredaderas menos
agresivas, como la madreselva y la pasionaria. No obstante son muy pocos los ejemplares de
flor que, como éstos, son mencionados porque no son conocidos por los visitantes, ya que
la mayoría provenían de América, aunque también los había de todos los rincones de
Europa. |
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