El Sitio, en efecto, sorprendía por su
abundantísimo arbolado. A veces ejemplares centenarios que hablaban de un pasado
lejanísimo en la historia del valle; otras veces hileras de árboles jóvenes que, como
en un vivero, esperaban la edad del trasplante. Y en cierta medida así era, puesto que
anualmente se contaban por cientos los árboles de todo tipo, fundamentalmente frutales,
que salían para los jardines de la Granja de San Ildefonso y de Robledo para atender la
petición de los jardineros. Especies delicadas que a duras penas resistían en el clima
duro de la sierra norte más de una temporada. Los que aquí quedaban crecían con
impresionante velocidad, teniendo muchas veces las raíces dentro de las acequias. Arboles
que, a menudo en filas de a tres, flanqueaban los largos caminos de más de cinco
kilómetros y que eran la admiración de propios y extraños.
El más hermoso de todos era el llamado
calle de la Reina, columna vertebral de Aranjuez que cruzaba el Tajo dos veces antes de
perderse en la espesura. Olmos gigantescos, chopos, fresnos, tilos, robles, moreras. De
ellos nos hablan los que llegan hasta el Real Sitio después de haber recorrido el áspero
camino que les lleva desde la Corte de Madrid a este inesperado reducto, regalo de la
naturaleza. Sorprendía aquella hermosa placidez del lecho del río que giraba en un
estrecho recodo, aunque no tanto como para que no fuera obligado montar un ingenioso
puente de barcas para poderlo cruzar; artilugio de extrema perfección que, a veces
engañaba a los ojos haciéndoles ver en él una fija estructura de fábrica para
sorprenderles luego con su habilidoso despliegue nocturno. En efecto, en algunas
ocasiones, aquellas barcazas deshacían el rígido machihembrado que las mantenía firmes
de ribera a ribera y formaban en disciplinada y perfecta cuadrícula, iluminando con sus
teas encendidas el espejo frío de las aguas para admiración y disfrute de los
cortesanos. Ubicado en un lugar estratégico, entre la Huerta de Pico Tajo y el jardín de
la isla, el camino que le atravesaba conducía directamente al Palacio.
No fue menor la admiración que suscitó
también el puente de piedra construido sobre el Jarama en 1761 por Marcos de Vierna.
Suponía trescientos metros de obra en piedra de Colmenar, cuya blancura hacía que la
vista la confundiera con el propio mármol. Los ingenieros de Carlos III construyeron
veinticinco arcos sobre el lecho del río, previniendo las crecidas. Era solemne, largo y
aplastado sobre el propio río, de manera que la larga veintena de ojos con los que
salvaba el ancho vado consiguieron encastrarse en el paisaje con singular empaque, dando
fe, tanto del mucho interés de los soberanos por mejorar el Real Sitio, cuanto por la
sumisión de nuevo, de los elementos de la arquitectura al verdadero protagonista del
lugar: el agua, que, como decía Maurice Margarot en 1771, era el alma de la belleza que
allí se veía.
Al puente de piedra se llegaba directamente
desde el camino de Madrid. Después de bajar la pendiente pronunciada por donde el camino
se revolvía una y otra vez, se enfilaba un tramo recto que, a lo largo de cinco o seis
kilómetros, acompañaba al viajero hasta el mismo puente. Era un paseo embellecido por
tres filas de árboles, olmos, fresnos y álamos, que remataba en esta impresionante
estructura de piedra que era el puente, lo suficientemente amplia como para mantener
sendas aceras al lado de la calzada. Dos leones de piedra, en sus extremos, sujetaban cada
uno de ellos una concha con la fecha grabada y el nombre del rey y del arquitecto.
Si el acceso desde Madrid impresionaba por
su grandeza, no le iban a la zaga aquellos otros caminos que, hacia Toledo o enlazando con
otras localidades cercanas, se fueron construyendo. En 1776, Antonio Ponz llegó en abril
a la Corte de Aranjuez y quedó impresionado por la fertilidad de un cercado que,
aprovechando el agua sobrante de Aranjuez, el rey había mandado sembrar. Desde allí se
había trazado una calle en línea recta hasta la fachada del palacio, de más de cinco
kilómetros de largo, la calle de Toledo. Ponz, a la vista de aquella sensación de
abundancia que los nuevos planteles daban, no pudo por menos que lamentar también que no
se repoblaran los cerros circundantes con encinas como las que aún quedaban aisladamente.
Así, pensaba, podrían dignificarse los alrededores de lo que él llamaba, «el sitio
más frondoso del mundo».