En 1759 Carlos III sucedió en el trono a su hermano Fernando, que
había muerto sin descendencia. Abandonó para ello el reino de Nápoles, que había
conseguido gracias a las intrigas de su madre Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe
V, que por fin veía a uno de sus retoños sentado en el trono de España.
Habiendo enviudado demasiado pronto, a los
cuarenta y cuatro años, y con trece hijos que le había dado su amada esposa, María
Amalia de Sajonia, que le aseguraban la sucesión, Carlos se hizo un solitario y destrozó
las expectativas de los cortesanos que se habían acostumbrado al ambiente refinado del
anterior reinado. Adiós a los conciertos, a los paseos en falúas, a los deleites
inventados por Farinelli. Al rey le interesa la caza, la experimentación agrícola y
ganadera. Le apasionan los perros de su jauría y los cientos de miles de cepas distintas
que vigila de cerca en sus cortijos de Aranjuez. También llevó a Aranjuez esa fiebre
constructiva y de mejoras del país que siempre dominó al monarca: vías de
comunicación, puentes, canalizaciones de riego así como importantes edificaciones
civiles, religiosas y fabriles fueron levantadas en el Real Sitio.