El interés de los reyes por la jardinería
no era ajeno a su propio interés por el conocimiento de la botánica, sobre todo en la
persona de Carlos III, a quien la botánica interesó desde niño, como nos muestra el
cuadro de Ranc cuando le pinta clasificando plantas a corta edad. Pero son muy pocas las
veces en que nuestros informadores dieciochescos se paran a hablar de las especies
vegetales que allí se cultivan; sí que nos hablan de los árboles, al menos de los de
mayor envergadura, y así sabemos que eran numerosos los olmos, álamos, fresnos, tilos y
robles, que es a las especies que más se refieren por ser las que flanquean los caminos
ajardinados. También los tilos, en prieto emparrado, se acercaban al Cenador y los sauces
llorones y sicomoros se asomaban a los estanques.
Después sólo mencionan que, en los
bosquecillos y huertas entre las avenidas, los árboles eran de pequeño porte, sin entrar
en más. Entendemos que la mayoría de aquellos serían frutales porque se menciona la
abundancia de albaricoques y otras frutas muy preciadas por su bondad. Y probablemente no
estaría ausente el almendro, que se plantaba en los cercados desde época de Felipe II,
aunque no hay mención de que existieran en gran abundancia, como ocurre en cambio con
otros ejemplares.
Sabemos que se cultivaban naranjas y
limones, más por su belleza que por el fruto en sí, y luego que, al otro lado del puente
de cinco ojos, frente al Terrao, que era una pradera de planta casi circular, se veía un
cercado de árboles frutales. También junto a la misma pradera fresca del Terrao se
habían plantado naranjos entremezclados con flores exóticas, cuya belleza, decía
Baretti, era inenarrable.
De las flores nos hablan menos aún. Los
diversos parterres estaban ordenados por medio de setos de mirto que adoptaban figuras
diversas, como flores de lis, aludiendo a la dinastía borbónica. Sabemos que el parterre
que da acceso al palacio estaba dividido en varias zonas por medio de setos de boj y mirto
que encerraban «una inmensa variedad de las más hermosas flores americanas y europeas»,
según Joseph Baretti. También a él le debemos la noticia de que, en torno a la Fuente
de la Espina o de las Arpías, había cuatro cercados de frutales con naranjos y
limoneros, y que no lejos observó un Lyron al que describe como «un enorme árbol
indio... Su tronco parece estar compuesto por media docena de tallos y no creo que su
circunferencia sea menor que cuatro brazas».
Talbot Dillon, en 1779, nos habla de la
abundancia del que él llama Árbol de Judas y que en España se llama Árbol del Amor,
haciéndonos notar la belleza que confiere esta planta al Sitio de Aranjuez en los inicios
de la primavera, cuando la copa del árbol se convierte en una flor gigantesca, sin una
sola hoja verde. Y Towsend, en 1786, después de hablarnos de la bondad de las viñas de
los cortijos del rey, y de la abundancia de olivos (especies ambas que Carlos III mandó
plantar en las colinas para borrar el aspecto de aridez que el paisaje tenía fuera de sus
límites) menciona la existencia por doquier del tamarindo, que crecía en la arena, a las
orillas del río.
Un curioso impertinente - como llama Ian
Robertson en su libro a estos viajeros ingleses-, tan curioso y tan impertinente como
Joseph Baretti que, a pesar de su puesto como secretario de asuntos extranjeros de la
Academia de Arquitectura, Escultura y Pintura de Londres, presta atención a cuanto a sus
ojos extraña, es una bendición para nuestro deseo de evocar un pasado tan frágil como
el de un jardín. Así, su relato sobre las setas es muy singular. Dice que encontró la
casa del jardinero. «Un edificio precioso, con una agradable pradera enfrente, oscurecida
por los más altos y frondosos árboles que he visto en mi vida. Un arroyuelo que corre
por un lado del prado produce miles de setas que, según dicen, son muy buenas cuando
brotan, aunque endurecen si no se recogen pronto. El jardinero no quiso decirme cómo
consigue obtener en ese arroyo unas setas tan sorprendentes. Están unas junto a otras
como un banco de ostras. Sospecho que el final de la zanja ha sido construido
artificialmente con esas piedras que en Nápoles llaman Piedras de seta y que producen
setas cuando se riegan y les da el sol. »
Henry Swinburne menciona el llamado Jardín
de la Primavera, es decir, un espacio ajardinado, a uno de los lados de la calle de la
Reina en el que se había puesto especial atención en que los ejemplares fueran todos de
temprana floración. Lo califica como de un magnífico gusto y especialmente agradable a
los ojos, pero fugaz porque antes de que la Corte abandone el lugar ya está agostado. En
época de Carlos III ocupaba mil pasos y Carlos IV lo amplió hasta el Tajo siguiendo la
avenida arbolada.
Bourgoing también menciona cómo, en los
lugares faltos de cuidado, los rosales se han asilvestrado en las orillas del Tajo y
cuelgan sobre la corriente. Muchos rosales se plantaron también en el jardín del
Príncipe, y se reservaron cuadros completos para el cultivo de claveles. En cuanto a los
árboles se prefirieron los plátanos, chopos de Lombardía y acacias en los paseos; y
naranjos y limoneros para el jardincillo dedicado sólo a frutas exquisitas.
En todos los prados se mezclaban árboles de
diferentes especies, como los cipreses de Levante, cedros del Líbano, cedros encarnados
de Virginia, pinos y árboles del amor. También sabemos que para que trepasen por los
troncos de los árboles más fuertes, se aporcaron sarmientos que formaban emparrados y
también hiedras que, a veces, crecían hasta las copas de los árboles y los
sobrepasaban; y en torno a los troncos más jóvenes se plantaron enredaderas menos
agresivas, como la madreselva y la pasionaria. No obstante son muy pocos los ejemplares de
flor que, como éstos, son mencionados porque no son conocidos por los visitantes, ya que
la mayoría provenían de América, aunque también los había de todos los rincones de
Europa.