Felipe V fue el primer rey Borbón, con él se entronizó la
dinastía francesa en España. Su reinado se inició en los primeros años del siglo
XVIII, tras la Guerra de Sucesión que hubo de mantener contra el archiduque Carlos de
Habsburgo, el otro pretendiente al trono de España, vacante a la muerte sin descendencia
del desdichado Carlos II, el Hechizado.
Felipe V había sido criado en Francia y
estaba acostumbrado a disfrutar de las mansiones de recreo, tan apreciadas por la Corte
francesa. Él fue, por lo tanto, quien decidió transformar, a la manera de los palacios
franceses, dos de sus alojamientos reales preferidos en España: La Granja de San
Ildefonso, en las cercanías de Valsaín, y el Real Sitio de Aranjuez. El primero fue
creado de nueva planta siguiendo el espíritu de Versalles, el segundo había sido
heredado de los Austrias y estaba en un paraje tan paradisiaco que merecía todos los
esfuerzos que las arcas reales fueran capaces de soportar.
En cierta medida, abrumado por la tristeza y
el ambiente de opresión que se respiraba en su alojamiento de Madrid -el viejo Alcázar
de los Austrias- Felipe V se obligó a sí mismo a respetar anualmente un ritual de
visitas programadas a los Sitios Reales, con esa puntualidad y pulcritud con que el
protocolo borbónico había de envolver todos los actos del monarca. Al comenzar el año,
el rey marchaba al palacio del Pardo donde pasaba el invierno. Volvía a Madrid para
presidir los actos de la Semana Santa y, apenas terminada, en abril, ya se encaminaba con
la Corte hacia Aranjuez, donde pasaba toda la primavera hasta que comenzaba la estación
veraniega. A partir de la festividad de San Juan, que marcaba el solsticio de verano, la
Corte cruzaba la sierra del Guadarrarna y se instalaba en La Granja de San Ildefonso para
librarse de los rigores de la canícula y, en lo posible, de las muchas epidemias que
acechaban con la llegada del calor.
Era esta una costumbre muy extendida en las
Cortes europeas. Allí, reyes y nobles, intentaban huir de los malos hedores de las
ciudades y buscaban el aire sano de la montaña donde, por lo general, poseían hermosas
residencias campestres. En España, si bien los Austrias también alternaron en su día
las estancias entre el Pardo, Aranjuez y El Escorial, esta moda, seguida a rajatabla por
los Borbones, no había sido adoptada como suya por la nobleza española, que no tuvo
nunca excesivo interés en construir para sí estas residencias de recreo. Lo que sin
embargo no podía negarse era que un clima, tan asfixiante en verano como el de la meseta,
obligaba, tanto a reyes como a campesinos, a defenderse de los peligros de las
enfermedades que les acechaban en agosto. Al menos a ello atribuye el duque de Saint Simon
que en la época de Felipe V nadie viviera en Aranjuez al llegar el verano: «ni siquiera
-escribe- la gente del pueblo, que se retira a otra parte y cierra sus casas tan pronto
como los calores se dejan sentir en ese valle, que causan fiebres muy peligrosas y que
mantienen a los que escapan de ellas siete y ocho meses en una languidez que es una
verdadera enfermedad. Por eso la Corte no para allí más que seis semanas o dos meses en
la primavera y raras veces vuelve allí en otoño»
Para el rey Felipe V, que era profundamente
melancólico e hipocondríaco, estas razones eran más que suficientes para justificar su
eterno periplo de unas a otras residencias, según la estación del año. Los Sitios
Reales que le alejaban de Madrid fueron su principal terapia. Hasta tal punto necesitaba
los efectos benéficos que la naturaleza le ofrecía en estos lugares, que no dudó en
abdicar en su hijo Luis cuando apenas llevaba diez años en el trono para dedicarse en
ellos a la contemplación y a la meditación. No pudo ser, como es sabido, y la muerte
temprana, a los diecisiete años, del que por unos meses fue Luis I de España, devolvió
el trono a este rey afable, débil y un tanto atormentado.
Por ello quizá, la Corte española en
Aranjuez, a pesar de ser la de un rey francés de nacimiento, no tuvo mucho que ver con la
frivolidad y el relajo de las Cortes europeas, sobre todo de la francesa. Los gustos del
monarca se dirigían hacia la caza, la pesca, los paseos a caballo con su esposa y la
música. Todo ello lo encontraba con harta facilidad en Aranjuez, donde, hasta desde sus
propias ventanas, hubiera podido pescar si hubiera querido.
Aun así, y a pesar de que la tranquilidad y
el sosiego eran lo más preciado para nuestro primer Borbón y lo que buscaba en sus
estancias en Aranjuez, así como en sus otras residencias, no deja de sorprender lo
artificioso del protocolo del día a día de los reyes en su descanso de Aranjuez. Son
innumerables las descripciones sobre las jornadas de los reyes, que, desde temprano,
despachaban en la cama los asuntos de Estado para luego levantarse y salir a pasear y a
cazar, pero ninguna está contada con el gracejo de la del Marqués de la Villa de San
Andrés, noble cercano a la Corte de Felipe V que explicaba cómo « ... cuando salen a
pasearse a los jardines los Reyes, bajan los Príncipes y los señores infantes con sus
guardias de corps y sus familias; las damas, los camaristas, los cardenales y ministros
extranjeros, los obispos, los Grandes, los títulos, los generales, consejeros, ministros,
frailes, clérigos... y -añade- a muy pocos pasos los Príncipes se cubren y toda la
demás compañía queda con la calva al aire; porque esto de cubrirse los Grandes delante
del Rey no es cuando ellos quieren, sino cuando el ceremonial lo dispone».