Muerto Felipe V en 1746, su sucesor, Fernando VI, valoró muy
especialmente el Real Sitio de Aranjuez. En mayor medida que su padre, quien siempre
parecía haber tenido predilección por La Granja de San Ildefonso. Para Fernando,
Aranjuez superaba a cualquier otro porque también era el lugar donde más a gusto se
encontraba su esposa, Bárbara de Braganza. La reina, procedente de la corte portuguesa,
había recibido una vasta cultura y echaba de menos el refinamiento de otras Cortes
europeas. Tuvo la aspiración de conseguir en Aranjuez, ayudada por el marco natural que
el Real Sitio la ofrecía, el boato de una corte francesa, aunque sólo fuera durante un
par de meses al año.
Sin embargo, es curioso constatar que el
acto con que el rey inauguró su primera estancia primaveral en Aranjuez, ante la
perplejidad de su esposa, fue presidir la procesión del Corpus, que durante veinte años
había sido suspendida, posiblemente porque Felipe V no había podido hacerlo a causa de
sus crisis rayanas en la demencia. Era tradición que el rey acompañara siempre a la
Custodia en aquellas ocasiones, y por ello Fernando VI recuperó la fiesta del Corpus en
Aranjuez, que desfiló aquel año de 1747 con toda la carga pagana de la Tarasca, las
Sierpes, los Gigantones y todas las danzas populares que la acompañaban, para horror de
la cultísima Bárbara de Braganza
Fue precisamente durante la primavera
siguiente de 1748, estando también el rey y su esposa Bárbara de Braganza ya en el Real
Sitio, cuando se declaró un incendio devastador que arruinó buena parte del palacio.
Esto aceleró los deseos del monarca de ampliar y mejorar el Sitio de Aranjuez, y en 1750
dio la orden a Santiago Bonavía, su arquitecto real, de que remodelara el palacio y
trazara una villa de nueva planta para solucionar, de una vez por todas, el problema de
los alojamientos de los cortesanos. Con ello complacía en mucho los deseos de su esposa,
que disfrutaba muy especialmente organizando las fiestas de la Corte, sobre todo la del
día de San Fernando, santo del rey y, por tanto, fiesta grande en el Real Sitio, tal y
como nos lo dejan entrever los grabados de la época.