Llegando desde Madrid se atravesaba una
plaza redonda llamada de Las Doce Calles, de las cuales una llevaba hasta la entrada de
Las Huertas que era el terreno dedicado por excelencia a los cultivos más delicados y
donde la fertilidad del valle se ponía más en evidencia. En esa zona era donde, desde
época de Felipe 11 se encontraba también la famosa Huerta de Picotajo, situada en la
confluencia del Tajo y el Jarama, y que estaba dividida geométricamente con calles que
salían radialmente desde plazuelas circulares.
Había otra zona de cultivos, también muy
florecientes, en el llamado Campo Flamenco por el que atravesaba el camino que llevaba a
Toledo y que constaba de doscientas fanegas de tierra, repartidas en cuadros y formando
líneas con cerca de seis mil árboles frutales.
El Cortijo, o mejor dicho los Cortijos, pues
eran dos los que tenía el rey, eran, sin duda, la explotación agraria preferida de
Carlos III y en ellos hizo plantar cepas de varios lugares del reino. Aseguran que contaba
con más de ciento sesenta mil cepas repartidas en cuadros en los que, grabado en la
piedra, podía verse el nombre de cada especie.
La Huerta de Valencia se dedicaba a
experimentar con los cultivos mediterráneos y además alojaba en su vallado campos de
lino, praderas artificiales, viñedos y moreras para la cría del gusano de seda que
también tenía un lugar en las construcciones allí levantadas a tal fin. Pero
posiblemente, lo más exótico que se experimentó en las huertas del rey fue el cultivo
de la piña tropical, nunca intentado en España hasta entonces.