Juegos

El lugar de Aranjuez también invitaba a cierto tipo de entretenimientos; por ejemplo, las abundantes yeguadas de diferentes razas que ya hemos mencionado que había allí, sugerían las pruebas de competición entre ellas. Así, durante mucho tiempo los caballos corrieron velozmente por la calle de la Reina, que era el espacio idóneo para ello, bajo la mirada complaciente de los reyes, sus dueños, y animados por los gritos de los asistentes que apostaban sobre sus preferidos.

Después, Carlos IV, siendo aún príncipe de Asturias, sustituyó las carreras de caballos por el juego de las Parejas. Una especie de baile a caballo en el que cuarenta y ocho caballeros iban divididos en cuatro filas, cada una de las cuales encabezaba uno de los hijos del rey. Vestían atractivos trajes de diferentes colores, rojos azules, amarillos y verdes, evocadores de un pasado glorioso, y desfilaban disciplinadamente cruzándose y entrecruzándose indefinidamente entre ellos, en una especie de mezcla entre torneo, baile y desfile militar.

También bajo Carlos IV se practicaba un juego que complacía mucho al rey, que era tirar cañonazos desde la Huerta de Valencia, donde su padre había mimado tanto siempre sus plantaciones de viñedos, turbando la tranquilidad de los cortesanos. Esta pasión del rey por la artillería, hizo también que imaginara el Tajo como un magnífico escenario para batallas navales; y los cultos paseos en falúa que había dado su tío-abuelo Fernando VI, se convirtieron para él en ejercicios de guerra. En el jardín del Príncipe había mandado construir un embarcadero a modo de puerto de mar fortificado con murallas, baluartes, baterías y cañones de varios calibres, donde atracaban una fragata de dieciséis cañones, otra de diez, una falúa grande de dieciséis remos, un jabeque, un caique de Constantinopla, una lancha y un bote chico. Para manejar todo ello había marineros, artilleros, contramaestres, etc.