La música fue, sin duda, la principal
diversión de palacio, y hasta la mejor terapia del rey, sobre todo tras la llegada a la
Corte del cantante Farinelli, nombre artístico por el que se conocía al famosísimo
castrato Carlos María Miguel Angel Broschi Barrese. Se dice que, a menudo, la reina
Isabel de Farnesio pedía su ayuda para sacar al rey Felipe V de su patológica
melancolía, pues en los momentos de crisis se negaba a salir de la cama y profería
horribles gritos y lamentos. Sólo la voz limpia del famoso castrato hacía volver al
monarca a la realidad.
Farinelli fue nombrado director de los
entretenimientos regios y de la música y fiestas cortesanas; y desde ese puesto ayudó
también a las obras del teatro de Aranjuez, cuya transformación llevaba a cabo Santiago
Bonavia, el gran arquitecto italiano que contaba además con las virtudes de ser un gran
pintor y un gran escenógrafo. El nuevo teatro fue inaugurado en 1754 con La Isla
Desierta, una sonata escrita por Metastasio para la ocasión, a la que puso música José
Bonno.
Desde 1729 la pasión por la buena música y
en especial por la ópera había ido in crescendo; no había sido ajeno a ello la llegada
a la Corte de Domenico Scarlatti, a quien había hecho llamar a su lado la entonces ya
princesa de Asturias, Bárbara de Braganza. Scarlatti compuso más de quinientas sonatas
para clave, y la propia reina, Bárbara de Braganza, estaba especialmente dotada para la
música y era, no solo intérprete, sino compositora.
A Carlos III, en cambio, se le acusa de
haber descuidado este aspecto cultural que dignificaba los gustos del país y en el que la
Corte había estado, hasta entonces, tan implicada; pero lo cierto es que, aunque al rey
no le gustara la música, fue bajo su reinado cuando más se popularizaron las óperas y
los conciertos de Cuaresma. También los bailes de máscaras y otras manifestaciones que
mezclaron lo popular y lo culto, hasta el punto de que durante los años de su reinado lo
que realmente llegó a su máximo apogeo fue la tonadilla. Por ello, uno de los grandes
reproches hechos al monarca era su nulo interés en velar por la pureza musical, mientras
que, con harto empeño, velaba, en cambio, por la pureza de las artes plásticas desde la
Real Academia de San Fernando. Y Aranjuez tuvo buen ejemplo de ello porque, no obstante
sus gustos personales, que no incluían como se ha dicho la ópera ni el teatro -nos dice
Des Broses del rey que, habiendo asistido a la ópera «conversó la mitad y durmió la
otra mitad»-, encargó al arquitecto Jaime Marquet, supervisor de las obras del Real
Sitio de Aranjuez, que realizara los proyectos para un Nuevo Teatro «a la italiana».
Años antes también había mandado remodelar el viejo Coliseo donde se habría
representado, en 1765, con motivo del casamiento de los príncipes de Asturias, el futuro
Carlos IV y su prima, Mª Luisa de Parma, la obra de Francisco Bances Candamo Cambises
triunfante en Menfis, que había exigido complejos y caros escenarios.