Además del propio Palacio, de la Casa de
Oficios y de Caballeros, el Real Sitio, desde el momento mismo de su nacimiento como
villa, estuvo concebido como un espacio noble donde tuvieran cabida edificios de digna
construcción. A ello estuvieron dedicados todos los esfuerzos de Santiago Bonavía como
es evidente en los dos edificios religiosos que trazó para la ciudad: la iglesia de San
Antonio y la ermita de Alpagés.
El mayor mérito artístico recae, sin duda
en la iglesia de San Antonio. Diseñada, como el resto de la villa, a mediados del siglo
XVIII. El edificio atendía, como hemos dicho, tanto a la gran plaza a la que se asomaba
como a su propia función utilitaria. La planta estaba dominada por una rotonda a la que
se unía un cuerpo rectangular; el altar se ubicó en un espacio elíptico formado entre
ambos y de esta manera sirvió de elemento unificador. La extraña planta respondía a la
necesidad de separar el lugar donde se situaban los frailes de la Orden de Nuestra Señora
de la Esperanza de aquel otro que estaba destinado a los fieles, que era la rotonda a la
que se accedía desde la plaza.
Con Carlos III el Real Sitio disfrutó de
una serie de mejoras, tanto en los trabajos de caminos y puentes como en edificios de
carácter público. Ya se ha hablado de la magnitud de la obra realizada sobre el Tajo con
la construcción del Puente Largo o de Piedra. Se hicieron también, bajo la dirección de
Sabatini, el convento de San Pascual Bailón, el Hospicio y el Hospital de San Carlos
Borromeo.
El convento de San Pascual Bailón
pertenecía a los religiosos descalzos de San Pedro de Alcántara y, siendo fundación
real, era un ejemplo de respeto a las normas de la Academia y a los decretos que el mismo
rey había promulgado para defensa de las artes. Sin utilizar la madera más que en
puertas y ventanas, como era lo deseable, hasta los retablos hubieron de ser de mármoles
y bronces. Presidía el altar un cuadro de Mengs e igualmente se distribuyeron por el
convento obras de Tiépolo, Maella y Francisco Bayeu.
El mismo palacio se vio transformado por las
dos alas que el rey mandó levantar a Sabatini y que formaron la plaza de armas. A estas
obras se uniría la casa de Infantes de Juan de Villanueva, el Teatro de Jaime Marquet y
las Caballerizas.
Algunos de estos edificios respondían al
deseo de experimentación unido al concepto de progreso de la época. Así se levantó la
fábrica de Lencería y Pintados, proyectada por el arquitecto del Real Sitio, Manuel
Serrano, en 1784, que estaba ubicada junto al convento de San Pascual.
Sería de destacar en estos años la
construcción de la Plaza de Toros, fiesta muy poco apreciada, y hasta denostada por la
monarquía reinante, pero que conoció unos años de apogeo bajo Carlos III. Ni él ni
nadie de la familia real acudía a los toros, no obstante mandó levantar esta plaza para
sus cortesanos. Cuenta Twiss que era de ladrillo con asientos de madera y que la arena
medía 168 pies de diámetro. Tenía un aforo de seis mil espectadores y contaba con más
de doscientos palcos.