«Si aquí se hubiesen empleado las
inmensas, sumas que se han gastado en San Ildefonso, se habría hecho el más bello lugar
del universo» Esta frase la escribió Delaporte al llegar a Aranjuez en 1755. No
necesitó escribir más sobre el lugar que acababa de visitar. Viniendo de un francés era
más que suficiente. El abad Delaporte había retratado el Sitio Real sin entrar en
descripción alguna.
No había muchos lugares en España, ni en
Europa, donde la naturaleza se hubiera confabulado como en la pequeña llanura de
Aranjuez, para crear el más fértil oasis real que todo monarca barroco soñara. Los
grandes edificios podían construirse con el esfuerzo del hombre. Ahí estaba el
Monasterio de El Escorial, foco de atención aun en el siglo XVIII para identificar a la
monarquía española desde fuera de nuestras fronteras; pero nuestra monarquía borbónica
estaba ya muy lejos de la imagen sobria de los Habsburgo. El palacio borbónico, desde el
despotismo ilustrado de sus mandatarios no desea cerrarse sobre sí mismo como un fortín
inaccesible, su fuerza está en su poder de expansión. Aspira a dominar, no sólo el
espacio construido, sino el espacio circundante. Por eso es tan importante el jardín, y
el jardín necesita de manos expertas y cualificadas, capaces de llevar a la realidad el
sueño de sus soberanos, pero sobre todo necesita de la complicidad de la naturaleza. Un
clima amable, un agua vivificadora, un universo de pequeños animales que den vida a los
rincones más apartados del bosque. Aranjuez contaba con todo ello. Y si bien estos
lugares tan apetecidos y valorados merecían por su belleza ese adjetivo de encantadores,
tan usado en el lenguaje de los siglos XVIII y XIX para expresar la delicadeza llevada al
límite, podían llegar a transformarse también en sutiles instrumentos de poder porque
pertenecían al rey y sólo al rey y porque fuera de sus límites reinaba el más árido
de los parajes.
Hasta tal punto esto era percibido por los
ilustrados que algunos no pudieron controlar la rabia y la impotencia que les producía
ver uno de los más fértiles valles, como el de Aranjuez, desperdiciado en complacer los
caprichos de una monarquía que privaba con ello a sus súbditos de una riqueza natural.
Las ideas de la Revolución Francesa, que habían prendido también en nuestros
ilustrados, son las que hacen imaginar al Conde de Cabarrús, en 1795, cómo serían
aquellas colinas desnudas, áridas y quemadas por el sol que rodeaban lo que él
calificaba como «el valle más delicioso», si hubieran podido estar llenas de viñas, de
olivos y de casas. Piensa el Conde de Cabarrús en tres mil colonos que, ocupando sus
cortijos, hicieran llegar la población hasta Toledo, y en medio, el gran Cortijo Real que
sería la escuela que pusiera en práctica teorías útiles para sacar el máximo partido
del cultivo. Bellas ambiciones que no obtuvieron nunca el respaldo de los soberanos porque
ellos no renunciaron a poseer aquel lugar privilegiado, nacido del encuentro de dos ríos:
el Tajo y el Jarama, y de una pequeña isla que se había formado abriendo un canal de
comunicación entrambos.
Cuando nos llegan noticias sobre los Sitios
Reales en el siglo XVIII, siempre nos hablan de la inmensa mole construida en El Escorial;
cuando se trata de Aranjuez, lo que más interesa al visitante es su impresionante
fertilidad. No hay duda de que en ello influye la estación en la que la Corte viaja a
Aranjuez: la primavera, desde principios de abril hasta el día de San Juan, cuando la
vegetación que alimenta la rica vega de los ríos es más exuberante, y cuando la
naturaleza es pródiga en la reproducción de todos aquellos habitantes del bosque que
encandilaban tanto los ojos de los que allí llegaban. Los ciervos, amaneciendo junto a
las puertas de las casas, los jabalíes paseando peligrosamente a veces por sus calles, y,
sobre todo, los cientos de aves que hacían con facilidad sus nidos en la fronda de los
incontables árboles.