Uno de los más preciados entretenimientos
de las personas reales era navegar por el río, y también por el llamado Mar de
Ontígola, gran estanque construido en alto, que alimentaba con sus aguas a buena parte de
los numerosos caminos de arbolado que iban creándose en torno al Real Sitio,
fundamentalmente a aquellos que, por estar en zona alta, no podían ser regados con las
aguas del Tajo.
Tal diversión generó la construcción de
todo tipo de naves grandes y pequeñas, sobre todo de unas magníficas falúas, palabra
italiana que designa unas pequeñas embarcaciones. Estaban realizadas a partir de diseños
caprichosos, y a ellas se dedicó durante un tiempo el cantante Farinelli desde su cargo
de director de entretenimientos reales. La Escuadra del Tajo, como se llamó a esta
colección de barcas, se componía de cinco falúas y dieciséis botes, uno de ellos con
forma de ciervo y otro de pavo real.
Durante el reinado de Fernando VI y Bárbara
de Braganza, navegar en falúa se convirtió en la actividad preferida de la reina. Se
construyó una falúa real, una falúa de respeto, ligera y decorada con dorados, que
navegaban siempre juntas y a menudo iban seguidas por una pequeña fragata llamada de
Santa Bárbara y San Fernando que imitaba a los grandes navíos de guerra. En ella iban
las damas de la reina y quince músicos. Salían a media tarde del embarcadero y llegaban
hasta el puente de la Reina regresando a las nueve. Merendaban, cantaban, hacían salvas
con los cañoncitos de bronce y pescaban. Muerta Bárbara de Braganza en 1758, y
enloquecido por ello el rey, que la siguió en unos meses a la tumba, la Escuadra del Tajo
no volvió a navegar.