| LA CORTE DURANTE EL SIGLO XVIII
Los Reyes en Aranjuez
El gran apogeo de Aranjuez como Sitio Real,
llegó en el siglo XVIII bajo la monarquía de los Borbones. Fue entonces, con aquella
Corte viajera a fecha fija, que recorría los Sitios Reales año tras año con una
puntualidad inusitada y una fidelidad inquebrantable, cuando Aranjuez vio transformar poco
a poco su fisonomía hasta convertirse en algo bien distinto de lo que había proyectado
en su día el fundador, Felipe II, a quien se debieron los primeros desmontes, trazado de
avenidas y plazas ajardinadas y, sobre todo, las canalizaciones para el regadío que
convirtieron el lugar en el vergel en que es hoy el Sitio de Aranjuez. |
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| Felipe V Felipe V fue el primer rey Borbón, con él se entronizó la
dinastía francesa en España. Su reinado se inició en los primeros años del siglo
XVIII, tras la Guerra de Sucesión que hubo de mantener contra el archiduque Carlos de
Habsburgo, el otro pretendiente al trono de España, vacante a la muerte sin descendencia
del desdichado Carlos II, el Hechizado.
Felipe V había sido criado en Francia y
estaba acostumbrado a disfrutar de las mansiones de recreo, tan apreciadas por la Corte
francesa. Él fue, por lo tanto, quien decidió transformar, a la manera de los palacios
franceses, dos de sus alojamientos reales preferidos en España: La Granja de San
Ildefonso, en las cercanías de Valsaín, y el Real Sitio de Aranjuez. El primero fue
creado de nueva planta siguiendo el espíritu de Versalles, el segundo había sido
heredado de los Austrias y estaba en un paraje tan paradisiaco que merecía todos los
esfuerzos que las arcas reales fueran capaces de soportar.
En cierta medida, abrumado por la tristeza y
el ambiente de opresión que se respiraba en su alojamiento de Madrid -el viejo Alcázar
de los Austrias- Felipe V se obligó a sí mismo a respetar anualmente un ritual de
visitas programadas a los Sitios Reales, con esa puntualidad y pulcritud con que el
protocolo borbónico había de envolver todos los actos del monarca. Al comenzar el año,
el rey marchaba al palacio del Pardo donde pasaba el invierno. Volvía a Madrid para
presidir los actos de la Semana Santa y, apenas terminada, en abril, ya se encaminaba con
la Corte hacia Aranjuez, donde pasaba toda la primavera hasta que comenzaba la estación
veraniega. A partir de la festividad de San Juan, que marcaba el solsticio de verano, la
Corte cruzaba la sierra del Guadarrarna y se instalaba en La Granja de San Ildefonso para
librarse de los rigores de la canícula y, en lo posible, de las muchas epidemias que
acechaban con la llegada del calor.
Era esta una costumbre muy extendida en las
Cortes europeas. Allí, reyes y nobles, intentaban huir de los malos hedores de las
ciudades y buscaban el aire sano de la montaña donde, por lo general, poseían hermosas
residencias campestres. En España, si bien los Austrias también alternaron en su día
las estancias entre el Pardo, Aranjuez y El Escorial, esta moda, seguida a rajatabla por
los Borbones, no había sido adoptada como suya por la nobleza española, que no tuvo
nunca excesivo interés en construir para sí estas residencias de recreo. Lo que sin
embargo no podía negarse era que un clima, tan asfixiante en verano como el de la meseta,
obligaba, tanto a reyes como a campesinos, a defenderse de los peligros de las
enfermedades que les acechaban en agosto. Al menos a ello atribuye el duque de Saint Simon
que en la época de Felipe V nadie viviera en Aranjuez al llegar el verano: «ni siquiera
-escribe- la gente del pueblo, que se retira a otra parte y cierra sus casas tan pronto
como los calores se dejan sentir en ese valle, que causan fiebres muy peligrosas y que
mantienen a los que escapan de ellas siete y ocho meses en una languidez que es una
verdadera enfermedad. Por eso la Corte no para allí más que seis semanas o dos meses en
la primavera y raras veces vuelve allí en otoño»
Para el rey Felipe V, que era profundamente
melancólico e hipocondríaco, estas razones eran más que suficientes para justificar su
eterno periplo de unas a otras residencias, según la estación del año. Los Sitios
Reales que le alejaban de Madrid fueron su principal terapia. Hasta tal punto necesitaba
los efectos benéficos que la naturaleza le ofrecía en estos lugares, que no dudó en
abdicar en su hijo Luis cuando apenas llevaba diez años en el trono para dedicarse en
ellos a la contemplación y a la meditación. No pudo ser, como es sabido, y la muerte
temprana, a los diecisiete años, del que por unos meses fue Luis I de España, devolvió
el trono a este rey afable, débil y un tanto atormentado.
Por ello quizá, la Corte española en
Aranjuez, a pesar de ser la de un rey francés de nacimiento, no tuvo mucho que ver con la
frivolidad y el relajo de las Cortes europeas, sobre todo de la francesa. Los gustos del
monarca se dirigían hacia la caza, la pesca, los paseos a caballo con su esposa y la
música. Todo ello lo encontraba con harta facilidad en Aranjuez, donde, hasta desde sus
propias ventanas, hubiera podido pescar si hubiera querido.
Aun así, y a pesar de que la tranquilidad y
el sosiego eran lo más preciado para nuestro primer Borbón y lo que buscaba en sus
estancias en Aranjuez, así como en sus otras residencias, no deja de sorprender lo
artificioso del protocolo del día a día de los reyes en su descanso de Aranjuez. Son
innumerables las descripciones sobre las jornadas de los reyes, que, desde temprano,
despachaban en la cama los asuntos de Estado para luego levantarse y salir a pasear y a
cazar, pero ninguna está contada con el gracejo de la del Marqués de la Villa de San
Andrés, noble cercano a la Corte de Felipe V que explicaba cómo « ... cuando salen a
pasearse a los jardines los Reyes, bajan los Príncipes y los señores infantes con sus
guardias de corps y sus familias; las damas, los camaristas, los cardenales y ministros
extranjeros, los obispos, los Grandes, los títulos, los generales, consejeros, ministros,
frailes, clérigos... y -añade- a muy pocos pasos los Príncipes se cubren y toda la
demás compañía queda con la calva al aire; porque esto de cubrirse los Grandes delante
del Rey no es cuando ellos quieren, sino cuando el ceremonial lo dispone». |
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| Fernando VI Muerto Felipe V en 1746, su sucesor, Fernando VI, valoró muy
especialmente el Real Sitio de Aranjuez. En mayor medida que su padre, quien siempre
parecía haber tenido predilección por La Granja de San Ildefonso. Para Fernando,
Aranjuez superaba a cualquier otro porque también era el lugar donde más a gusto se
encontraba su esposa, Bárbara de Braganza. La reina, procedente de la corte portuguesa,
había recibido una vasta cultura y echaba de menos el refinamiento de otras Cortes
europeas. Tuvo la aspiración de conseguir en Aranjuez, ayudada por el marco natural que
el Real Sitio la ofrecía, el boato de una corte francesa, aunque sólo fuera durante un
par de meses al año.
Sin embargo, es curioso constatar que el
acto con que el rey inauguró su primera estancia primaveral en Aranjuez, ante la
perplejidad de su esposa, fue presidir la procesión del Corpus, que durante veinte años
había sido suspendida, posiblemente porque Felipe V no había podido hacerlo a causa de
sus crisis rayanas en la demencia. Era tradición que el rey acompañara siempre a la
Custodia en aquellas ocasiones, y por ello Fernando VI recuperó la fiesta del Corpus en
Aranjuez, que desfiló aquel año de 1747 con toda la carga pagana de la Tarasca, las
Sierpes, los Gigantones y todas las danzas populares que la acompañaban, para horror de
la cultísima Bárbara de Braganza
Fue precisamente durante la primavera
siguiente de 1748, estando también el rey y su esposa Bárbara de Braganza ya en el Real
Sitio, cuando se declaró un incendio devastador que arruinó buena parte del palacio.
Esto aceleró los deseos del monarca de ampliar y mejorar el Sitio de Aranjuez, y en 1750
dio la orden a Santiago Bonavía, su arquitecto real, de que remodelara el palacio y
trazara una villa de nueva planta para solucionar, de una vez por todas, el problema de
los alojamientos de los cortesanos. Con ello complacía en mucho los deseos de su esposa,
que disfrutaba muy especialmente organizando las fiestas de la Corte, sobre todo la del
día de San Fernando, santo del rey y, por tanto, fiesta grande en el Real Sitio, tal y
como nos lo dejan entrever los grabados de la época. |
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| Carlos III En 1759 Carlos III sucedió en el trono a su hermano Fernando, que
había muerto sin descendencia. Abandonó para ello el reino de Nápoles, que había
conseguido gracias a las intrigas de su madre Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe
V, que por fin veía a uno de sus retoños sentado en el trono de España.
Habiendo enviudado demasiado pronto, a los
cuarenta y cuatro años, y con trece hijos que le había dado su amada esposa, María
Amalia de Sajonia, que le aseguraban la sucesión, Carlos se hizo un solitario y destrozó
las expectativas de los cortesanos que se habían acostumbrado al ambiente refinado del
anterior reinado. Adiós a los conciertos, a los paseos en falúas, a los deleites
inventados por Farinelli. Al rey le interesa la caza, la experimentación agrícola y
ganadera. Le apasionan los perros de su jauría y los cientos de miles de cepas distintas
que vigila de cerca en sus cortijos de Aranjuez. También llevó a Aranjuez esa fiebre
constructiva y de mejoras del país que siempre dominó al monarca: vías de
comunicación, puentes, canalizaciones de riego así como importantes edificaciones
civiles, religiosas y fabriles fueron levantadas en el Real Sitio. |
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| Carlos IV Carlos IV fue rey de España desde 1788, en que sucedió a su padre,
Carlos III, hasta 1808 en que se vio obligado a abdicar en su hijo Fernando, que subiría
al trono con el nombre de Fernando VII el Deseado.
Siendo príncipe de Asturias, el futuro
Carlos IV demostró, junto con su hermano el infante don Gabriel, saber disfrutar bien de
los Sitios Reales, en los que incorporaron mejoras y patrocinaron construcciones tan
notables como las llamadas Casas del Príncipe en el Escorial, la de Arriba y la de Abajo;
el jardín del Príncipe de Robledo, cercano esta vez al palacio de la Granja y, por
último, la Casita del Labrador en Aranjuez, donde el príncipe dirigió personalmente la
remodelación de los jardines.
Después de la guerra de la Independencia, y
durante todo el siglo XIX, la monarquía no perdió la costumbre de pasar las primaveras
en Aranjuez y siguió yendo allí todos los años hasta 1890. |
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