Al pasar de una a otra estancia del Palacio, vamos descubriendo las magníficas pinturas que alberga, tanto en pintura de caballete como al fresco. Formando parte de la decoración de los salones, se encuentra un importante conjunto de pintura italiana del siglo XVII. La obra de Lucas Jordán está ampliamente representada junto a otros artistas de menos renombre como Romanelli, Solimena, Bibiena, Amiconi y Corrado Giaquinto; los tres últimos trabajaron ya en pleno siglo XVIII. En relación con el arte de procedencia italiana, encontramos algunas composiciones realizadas en mosaico en el Taller de Piedras Duras del Vaticano: «Ecce-Homo» y «Dolorosa», copias de lienzos de Guido Reni  y un «Florero», «Vista del Foro Romano» y «Prisión de San Pedro», regalos del Papa León XIII a Alfonso XII con motivo de su boda con María Cristina de Habsburgo-Lorena.
     Refiriéndonos a la pintura, comencemos con la serie debida a Giovanni-Francesco Romanelli llamada del «Hijo pródigo». Esta consta de los episodios relativos a la parábola evangélica, comenzando por el hijo pródigo reclamando su herencia, la vida disoluta del hijo pródigo, la huida y el banquete celebrado a su regreso a la casa paterna. Escenas tratadas con profundo realismo que dejan ver la preocupación del autor por realizar los valores estéticos de la obra, elemento característico en los pintores seguidores del clasicismo boloñés a la manera de Annibale Carracci y sus discípulos. No menos interesante resulta la pintura de Furini, pintor nacido en Florencia. Fue asiduo creador de escenas en las que aparecían desnudos, produciéndose un cambio en su temática al hacerse sacerdote y realizar cuadros de asunto bíblico, como los de la Historia de Lot que encontramos en la «Cámara de la Reina» y en el «Despacho del Rey», en el Palacio de Aranjuez. Furini utiliza el claroscuro para matizar y difuminar las superficies, creando un modelado particular en el tratamiento de la anatomía.
     Es justo que nos detengamos ante una figura capital del arte italiano en España, la del pintor Lucas Jordán. Artista nacido en Nápoles en 1634, que vino a España como pintor de Carlos 11 para realizar la pintura de las bóvedas de la Basílica y escalera principal de El Escorial. Llamado Luca fa presto por la rapidez con que ejecutaba sus obras, nos ha dejado muestras de temas históricos, religiosos y mitológicos. El elemento más destacable en el arte de Lucas Jordán es su facilidad para componer escenas de numerosas figuras, agrupadas en torno al personaje o motivo principal del cuadro, de forma que consigue un perfecto equilibrio de masas.
     En «El prendimiento de Cristo», colocado en la «Saleta de la Reina», son magistrales tanto los efectos luminosos como la disposición de las figuras. Tres soldados intentan prender a Cristo y, en un momento, se suceden diversas escenas de movimientos violentos en sentido contrario a Cristo, como foco central y argumental de la obra. La figura de Cristo queda iluminada por un farol y, a la vez, es él mismo quien irradia la luz que ilumina la escena. San Pedro corta violentamente la oreja de Maico y, entre densas nubes, al fondo, aparece Cristo durante su agonía en el huerto. La intensidad de los efectos lumínicos y expresivos y los escorzos nos sitúan ante un auténtico compendio de los recursos propios del barroco en su plenitud. Otras pinturas de Lucas Jordán completan la decoración, éstas son: «Júpiter y Leda», plasmación de uno de los mitos clásicos relacionados con los amores de los dioses, y la escena de «Triptolemo», que presenta al héroe griego, a quien la leyenda atribuye la invención del arado y la agricultura, rodeado de niños y figuras femeninas que le ofrecen los frutos de la tierra. Una importante muestra del arte de Lucas Jordán es la obra «Salomón conversando con la Reina de Saba», composición de grandes efectos teatrales, provocados por el tono mayestático y solemne de los protagonistas, con las perspectivas sugeridas por suntuosas arquitecturas de fondo. Jordán, conocedor de los logros alcanzados en la historia de la pintura hasta su momento, sabe plasmarlos, realizando combinaciones de efectos teatrales en grandes temas como «La muerte de Absalón», «La Huida a Egipto», «La Batalla del Salado» o «David vistiendo la armadura».
     Francisco Solimena, pintor nacido en Nápoles en 1657 y fallecido en 1743, trabajó para las iglesias y conventos de la Compañía de Jesús a partir de la decoración al fresco de la Capilla de Santa Ana de la Iglesia de Gesú Nuovo de Nápoles. Se sabe que, en 1735, se encontraba trabajando en España para Felipe V, habiéndole sido encomendada la realización del cuadro «Alejandro vencedor de Darío», que formaba parte de una serie que había de decorar uno de los salones del Palacio de La Granja. En Aranjuez admiramos tres obras suyas: «Cristo ofreciendo la Comunión a la Virgen», «Gloria de Santos» y «Judith con la cabeza de Holofernes».
     Francisco Galli, conocido por el sobrenombre de Bibiena, arquitecto y pintor, trabajó en España durante el reinado de Felipe V realizando diversas composiciones de perspectivas arquitectónicas y ruinas clásicas como las que se exhiben en el «Despacho de la Reina».
     Santiago Amiconi obtuvo el nombramiento de pintor de Cámara del Rey Fernando VI realizando decoraciones para techos en los Palacios de La Granja de San Ildefonso y en el de Aranjuez. Nacido en Nápoles hacia 1682, falleció en Madrid en 1752. Su estilo oscila entre las últimas manifestaciones del rococó meramente decorativo y el neociasicismo. Para el «Comedor de Gala», sala que en tiempos de Fernando Vi se llamó Sala de Conversación, le fue encomendada a Amiconi la pintura de la bóveda dentro de un entorno ornamental, de cuya decoración se ocupó Santiago Bonavía. Los preparativos de la bóveda de la Sala de Conversación empezaron en 1748, concluyéndose en 1750. Asistieron a Amiconi los decoradores José Romero, Juan Miranda y Rafael Hernández.
     La pintura posee un contenido alegórico-moralizante con representaciones de las Virtudes Cardinales y Teologales, el Tiempo, la Fama, alusiones a la Paz y a la Felicidad Pública, junto a personificaciones de las cuatro estaciones y las cuatro partes del mundo. Al tema, a pesar de prestarse a varias interpretaciones, lo caracteriza su carácter didáctico y academicista. Se presenta el bienestar material con gavillas de trigo y cornucopias junto al paso inexorable del tiempo en las cuatro estaciones. Aparece la figura de la Fe, la Esperanza y la Caridad, que reparte limosnas entre unos ancianos, y cobija a un grupo de niños bajo su manto. La Religión está representada por la figura de la Virgen, que remata la composición junto a la Justicia, hacia la cual vuela un ángel con ramo de olivo, símbolo de la Paz, fruto que en consecuencia se recogerá de lo expuesto anteriormente a través del lenguaje de los elementos simbólicos.
    Las grisallas de los cuatro ángulos que representan las cuatro partes del mundo son un exotismo frecuente propio del siglo XVIII.
     Otras pinturas que se encuentran en la Sala inciden en el tema de las personificaciones de virtudes; se trata de las sobrepuertas, obra de Amiconi y su discípulo Flipart. Siguiendo el orden de izquierda a derecha vemos «La Fortaleza», matrona vistiendo armadura con lanza en la mano; «La Concordia», matrona con haz de fasces; «La Mansedumbre», figura femenina con la mirada baja señalando un asnillo que está detrás; «La Liberalidad», figura femenina con joyas y monedas que le caen de las manos; «La Humildad», joven sujetando un delfín; y, por último, «La Fidelidad», figura de joven con llaves y un perrillo.
     El resto de los cuadros que adornan la antigua Sala de Conversación fueron pintados por Corrado Giaquinto. Nacido en Apulia en 1703, fue discípulo de Francisco Solimena y de Sebastián Conca en Roma. Trabajó en Turín, y posteriormente en Madrid, llamado por Felipe V para trabajar en el Palacio Nuevo; Fernando Vi le nombró su pintor de Cámara y Director de la Academia de San Fernando, recién fundada. Pintó en Madrid durante el reinado de Carlos III hasta 1761, fecha en que fue llamado a la Corte Antonio Rafael Mengs, regresando a su tierra natal. Murió en Nápoles 2ri 1766. En su obra encontramos la huella de los pintores del último período del barroco romano y nos recuerda en sus composiciones al Padre Pozzo, Lanfranco y Baciccia.
     Comenzando por el lado de la izquierda, el primer cuadro es «La Copa hallada en el saco de Benjamín»; «Alegoría de la Profecía»; «La Religión», representada por figura femenina con coraza y casco que se apoya en el libro de los siete sellos sobre el que reposa el Cordero; «Juegos de Niños», grupo de cuatro con espigas y frutas; «José en la cárcel»; «Presentación de Jacob al Faraón»; y «Triunfo de José», sentado en un carro de triunfo acompañado de personajes a caballo y precedido por otros tocando instrumentos. El carácter monumental y movido de esta composición pone de manifiesto las dotes excepcionales de Corrado Giaquinto como pintor de historias de la mitología o relatos bíblicos. En estrecha relación con el estilo que marcan estas obras, situamos las Pinturas que realizó para la bóveda de la Capilla Real de Madrid. Por último, entre los pintores de decoraciones, no podemos olvidar a Bartolomé Rusca, quien en 1750 se encontraba en La Granja de San Ildefonso, y posteriormente colaboró con Santiago Bonavía en Aranjuez en sus funciones de decorador. Pintó en el «Dormitorio del Rey» las alegorías de la Paz y la Justicia en el celaje que dejan ver las arquitecturas que avanzan en sentido ascendente. Las arquitecturas fingidas son obra probable de Amiconi.
     La pintura de procedencia flamenca tiene su mejor ejemplo en un cuadro de pequeñas dimensiones debido a Jan Brueghel, de Velours. Nacido en Amberes en 1568, fallece en la misma ciudad en 1625. Era hijo de Pieter Brueghel, pintor de escenas de género muy semejantes a las del Bosco. Posiblemente tomara de su padre el interés por lo pequeño y lo anecdótico, especializándose en la pintura de flores, bien como motivo fundamental del cuadro, bien como adorno o parte integrante de composiciones, en las que se agrupan los más diversos objetos, ante los puales el artista emplea un tratamiento pormenorizado de las calidades y superficies; de ahí el sobrenombre de Velours (terciopelo). En Aranjuez podemos admirar este pequeño «Florero», donde el ramillete está dentro de un vaso con agua, sobre una mesa con flores y pétalos caídos, una sortija y varias piedras sueltas.
     Franz Snyders es uno de los artistas flamencos de los que están representados en Aranjuez con mayor renombre. Su fama se debe fundamentalmente a las escenas de tema cinegético que realizó por encargo de Felipe III; en la «Sala de Guardias de la Reina» se halla la titulada «Perros atacando a un ciervo».
     Admiramos otros paisajes de mano de maestros flamencos en el «Despacho de la Reina». Son figuraciones de naturalezas ásperas, de espesas arboledas y veredas serpenteantes, en las que a veces se dejan ver pequeñas figuras de caminantes. Considerados de autor anónimo, estos paisajes traen a la memoria las composiciones en grandes dimensiones de Jacob Van Arthois, discípulo de Rubens.
     La pintura española no queda en peor lugar dentro del conjunto expuesto en el Palacio de Aranjuez. Entre los maestros del siglo XVII, tenemos a Juan Bautista Mayno, Juan Bautista Martínez del Mazo discípulo y yerno de Velázquez, y a Juan de Arellano; en el siglo XVIII a Francisco Bayeu, Mariano Salvador Maella, Zacarías González Velázquez Y Vicente Camarón.
     Del primero de los mencionados, Mayno, se halla, en la «Sala de Estudio del Rey», un cuadro que representa al evangelista San Mateo en actitud de escribir, recibiendo la inspiración de un ángel. Contrasta el semblante de hombre rudo, anciano y con aspecto cansado de San Mateo con (51 ángel mancebo de delicadas facciones. Escena no exenta de realismo, evidencia el aprendizaje de Juan Bautista Mayno en Italia, quien a su regreso había profesado como religioso dominico. El 1620 fue nombrado profesor de dibujo de Felipe IV, desempeñando asimismo las funciones de pintor de Cámara.
     Juan Bautista Martínez del Mazo fue aprendiz en el taller de Velázquez. De su maestro consiguió aprender a captar la expresión del paisaje en breves toques de color, aproximándose también al maestro en la forma de tratar el retrato. En Aranjuez hallamos dos muestras importantes de su manera de hacer en dos «Paisajes con árboles y río», situados en la «Sala de Estudio del Rey». Juan de Arellano, pintor madrileño nacido en 1614, discípulo de Juan de Solís, especializado en la pintura de flores inspirándose en los maestros flamencos e italianos como Mariano Nuzzi, conocido por Mariano del Fiorí, llegó a conseguir importantes logros en este género, de los cuales el Palacio de Aranjuez conserva varios testimonios. Arellano está situado, junto con el valenciano Benito Espinós, a la cabeza de los pintores españoles de bodegones y floreros.
     El siglo XVIII marca una etapa de profundos cambios dentro de la historia del arte español. La llegada de la dinastía francesa de la Casa de Borbón condiciona la venida de artistas extranjeros, no solamente con el fin de realizar retratos de las personas reales en un tono pomposo y grandilocuente a la manera francesa, sino también con el fin de decorar las bóvedas de los Palacios como La Granja, el Palacio Nuevo de Madrid, el de Aranjuez y El Pardo, junto con las Casitas, mandadas edificar en los Sitios Reales para recreo y descanso de los miembros de la Familia Real. Como vimos anteriormente, llegaron artistas de Italia para realizar esta tarea, pero estos mismos artistas, junto con Antonio Rafael Mengs, pintor alemán llamado a España por Carlos III, ejercieron una labor formativa sobre los artistas españoles del momento. En la Real Academia de San Fernando, fundada en el año 1751, se formaron en las ideas academicistas imperantes en el panorama artístico neoclásico Francisco Bayeu y Mariano Salvador Maella. Ambos realizaron una parte importante de su obra en Aranjuez, relacionada con la decoración de techos con pinturas al fresco.
     Francisco Bayeu se ocupó de los frescos en los paramentos del «Oratorio, de la Reina» con los siguientes temas: «Visitación de la Virgen a Santa Isabel», «Zacarías y Santa Isabel salen de la casa, a la que llega María acompañada por San José». En los dos grandes testeros, «Adoración de los Magos» y «Adoración de los pastores». En los machones del arco, de paso al altar, dos evangelistas: «San Mateo», en pie, con el ángel a su lado; y «San Lucas», en pie, junto a un toro. En los centros del arranque de la bóveda, tres medallones pintados en grisalia: «Santa Ana dando lección a la Virgen», «Nacimiento de María» y «Anunciación del Angel». En la bóveda, el Padre Eterno, sentado sobre nubes bajo palio portado por ángeles.
     En el retablo, una «Inmaculada», obra de Maella. Presenta a María sobre el globo del mundo con grupos de ángeles a sus pies portando espejo, azucenas y rosas. También pintó Bayeu la bóveda de la iglesia del Palacio, situada en la zona sur, representando «La Gloria del Cordero»; enfrente está la Fé con las Tablas de la Ley. Al lado del Evangelio, «San Lucas pintando a la Virgen»; y en el lado de la Epístola, «El Profeta Isaías». «La Inmaculada» del altar mayor se debe a Mariano Salvador Maella, que pintó este cuadro y un «San Antonio» por encargo de Carlos 111, con destino a los altares colaterales.
     Otro pintor que destaca en el panorama artístico español del siglo XVIII es Zacarías González Velázquez, hijo de Antonio González Velázquez, pintor, y hermano de Isidoro, arquitecto. En el «Dormitorio de la Reina», cuya bóveda fue pintada por Zacarías González Velázquez, está representada la Monarquía con sus atributos, acompañada de la Justicia; en el centro y en otros grupos, Ciencias, Artes, Virtudes y la Ley. En la «Habitación de Pinturas Chinas», encontramos otra bóveda pintada por Zacarías González Velázquez con escenas campestres.
     La bóveda del Salón del Trono se atribuye a Vicente Camarón. En el centro se ha colocado la Monarquía, simbolizada por Corona Real, que sostiene dos figuras femeninas. Se ha pensado que se trata de Venus y la Industria. A la derecha, se encuentra un grupo formado por las Artes; a la izquierda, la Prudencia y la Abundancia. En el arranque de la bóveda se han colocado medallones en grisalla con escenas alusivas a las inscripciones siguientes: «VIRTVS CONSTANTIA FORTIS»; «HIC TERMINUS HAERE»; «CONCORS VERA FIDES» y «FLOS PACIS JVSTITIAE».
     A modo de breve reseña sobre los pintores llamados adornistas, es decir, aquellos especializados en realizar los detalles de los grotescos, inspirados en las decoraciones con arquitecturas, elementos vegetales estilizados, figuras de niños, pajarillas, etc., de las casas de la antigua Roma; citaremos a Juan Duque y Manuel Pérez, autor de las pinturas de la «Sala de Estudio del Rey» y del «Salón de Espejos». José Romero, Juan de Miranda y Rafael Hernández, pintores adornistas, colaboraron con Santiago Amiconi en la ejecución de las decoraciones del «Comedor de Gala».
     El repertorio iconográfico de las pinturas al fresco pasa de los temas meramente decorativos del estilo pompeyano a figuraciones de alegorías que tienden a exaltar las virtudes de la Monarquía y el carácter de los soberanos como mecenas, cuya munificencia hace posible el cultivo de las artes y de las ciencias. Otro tópico común en las representaciones de los techos será el tema de las cuatro estaciones como consecuencia del estudio de los fenómenos de la Naturaleza. La observación y estudio de la Historia Natural será objetivo constante de los eruditos en una época de la historia en la cual se desarrolla con enorme fuerza el cultivo de las ciencias experimentales.
     Con el fin de no olvidar en este recorrido por el Palacio de Aranjuez aquellas escuelas pictóricas que están también presentes, a pesar de ser cuantitativamente menor su representación, debemos hablar del cuadro «Cristo Crucificado», obra de Antonio Rafael Mengs. Como acabamos de ver, es Mengs el artista que defiende a ultranza el regreso a la belleza clásica, influenciado por las ideas de Winckeimann, principal teórico del arte del siglo XVIII. En el cuadro aparece la figura de Cristo casi impasible en la cruz; el cuerpo está tratado como si fuese una escultura clásica en cuanto a la concepción de la figura y sus proporciones, sólo la postura de los ojos y la boca entreabierta reflejan un sentimiento de dolor en el rostro. Noél Coypel, artista nacido en París en 1628, discípulo de Poussin y de Le Sueur, director de la Real Academia de Pintura y Escultura en París, abarca en su producción el tipo de arte de la segunda mitad del siglo XVII y del inicio del siglo XVIII. Sigue la tendencia del clasicismo francés propuesta por Poussin, a la que responde la obra titulada «Salomón y la Reina de Saba».
     A lo largo de los paramentos del «Despacho de 1 Rey», encontramos seis cuadros de la serie «Triunfos de Alejandro», copias, realizadas por Magadan en vitela, de cuadros originales de Lebrún pintados para el Palacio de Versalles; así como una «Virgen con el Niño», anónimo de escuela francesa del siglo XVIII, cuadro de gran belleza.
     La pintura del siglo XIX queda representada en el Palacio de Aranjuez por varios artistas españoles de renombre, entre ellos Vicente Palmaroli con «La intercesión de los cinco patrones del Príncipe de Asturias, San Ildefonso con mitra y rojas vestiduras, sentado en el trono; a ambos lados, los Santos Patronos de España, Santiago, Santa Isabel, San Francisco y San Pío V», obra firmada y fechada en 1852. De Luis de Madrazo, hermano de Federico de Madrazo e hijo de José, miembros todos ellos de una de las más prestigiosas familias de artistas de nuestro siglo XIX, el cuadro «Santa Isabel de Hungría atendiendo a un grupo de enfermos a la puerta de un castillo», firmado y fechado en 1859. Se trata de una composición de gran tamaño, en la que el asunto religioso está tratado como tema de historia, donde los personajes van ataviados con trajes medievales en consonancia con las fantaseadas arquitecturas que les sirven de fondo. En el «Salón de Baile» hallamos dos interesantes retratos de los Reyes Alfonso XII y Alfonso XIII. Alfonso XII está retratado de cuerpo entero, de frente, con uniforme de Capitán General, por Manuel Ojeda, y está fechado en 1884. En cuanto al retrato de Alfonso XIII, pintado por José Garnelo, corresponde ya al siglo XX.
     Otras obras importantes son la «Purísima Concepción de busto», de Rafael Tegeo, y una «Virgen con Niño» que constituye el retablo del «Oratorio del Rey», por Francisco Bayeu. Fernando Ferrant está representado por un pequeño paisaje; y Alejandro Ferrant y Fischermans, con una composición de asunto religioso. José Laguna es el autor de algunos cuadritos con escenas de género.
     Fernando Brambilia, pintor italiano especializado en realizar pinturas de vistas topográficas de diversos paisajes y lugares, trabajó en España durante el reinado de Fernando Vil. De su mano son los siguientes cuadros expuestos en la «Sala de Música del Rey»: «Vista de la escalera principal del Monasterio de El Escorial, con Fernando VII dando el brazo a su tercera esposa» y «Vista de la Biblioteca de El Escorial», «Vista de la Sacristía del Monasterio de El Escorial en ocasión de adorar SS. MM. la Sagrada Forma», junto con dos cuadros más de las fuentes y jardines de La Granja. La pintura de Brambilla supone un precedente de lo que será luego el paisaje romántico. Las pequeñas figuras que pueblan la serie de «Vistas de Sitios Reales», ejecutadas por Manuel Miranda, son un auténtico muestrario de las modas y costumbres de la España de principios del pasado siglo.

    
La penúltima sala de la zona oficial está dedicada a la colección de pequeños cuadritos regalados por un emperador chino de la dinastía Ching (1644-1911) a un monarca español, probablemente a Isabel II. En ellos encontramos un muestrario de personajes ilustres, escenas de Corte, fiestas y teatro, con la flora y la fauna exótica de aquel país. Estos cuadritos están pintados a la acuarela sobre un soporte oriental característico, que los europeos llaman «papel de arroz».